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Sin Ismo

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 Dos noticias, publicadas en los últimos meses, me produjeron similares sentimientos.
Una es la de aquel niño sordo, de la comunidad pampeana de Van Praet, a quien le fue negado tomar su primera comunión, porque el sacerdote de su escuela, Héctor Cuchieti, y la catequista encargada de enseñarle la palabra de Dios y los valores de la religión católica, entendieron que eso era lo correcto. La razón del impedimento fue que ellos no le entendían y que el niño no estaba preparado; eso respondieron los responsables, con un cinismo inocultable.
La otra noticia es la que protagonizó, lamentablemente, un chico de Rosario con una discapacidad motriz, a quien sus padres se vieron obligados a cambiarlo de colegio, porque, supuestamente, las instalaciones del mismo no estaban equipadas para una persona como él. Así lo entendieron las autoridades de la Escuela Nuestra Señora de Guadalupe. Lo más insólito del caso es que, en el colegio, hay un ascensor que lo puede llevar al aula. Pero el director está convencido de que no es apropiado que este alumno lo use, porque el mismo está reservado para el “uso exclusivo del personal docente”.

Estas dos noticias son las que me produjeron un sentimiento similar. Ambas tienen la particularidad de producirme una irascibilidad automática.

Estos casos de discriminación desvergonzada son verdaderamente actos de violencia simbólica. Y allí no juegan los valores institucionales. No importa si aquellos hombres son católicos, judíos, cristianos, mahometanos, musulmanes o budistas. Y lo más vergonzoso es que son líderes en sus ámbitos, cuando realmente no deberían ser tomados como ejemplo.

Aquel sacerdote le rompió el corazón y le avasalló sus ideales a ese niño, quien, inevitablemente, se defraudó. Y eso es grave. En tiempos en los que no hay valores andando por las calles, a este chico le tiraron toda la estantería de la ética, destruyendo sus pensamientos y creencias.

La discriminación no tiene color ni ideología. No pertenece a ningún “ismo”. Y es por eso que no hay que hacer distinciones desafortunadas y nunca equivocarse. Porque puede ser peligroso. Hay que evitar generalizar al condenar estos desagradables hechos. Porque sería pagar con la misma moneda, sería la ley del talión. Y eso es grave, tan grave como que a un niño que tiene la capacidad de oír con el corazón, le nieguen comulgarse por primera vez; tan grave como que a un chico no lo dejen estudiar, tan sólo por no poder subir un piso, para llegar a su aula, con sus compañeros, con su maestra o profesora.

Esté niño lloró por no poder estudiar, y aquel destruyó todos sus libros de catequesis. Se sintieron defraudados por aquellos hombres, aquellos que deberían enseñarle a ser buenas personas, aquellos que no distinguen lo que está bien y lo que está mal, los que no conocen el verdadero significado de la ética, aquellos… que no entienden que es más importante que un chico crezca con buenos valores y eluda la ignorancia, que la incomodidad que puede provocar un sermón integrador o el hecho de compartir un ascensor, con alguien que verdaderamente lo necesita.

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Modificado el Domingo 06 de Enero de 2008 15:10
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