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Solidaridad: un poco de filosofía

by Jose Ortiz
scoutopia.jpgDurkheim no se planteó abstractamente el problema de las relaciones de individuo y sociedad. Más bien le preocupó la cuestión concreta de cómo conciliar las libertades individuales surgidas de la disolución de la sociedad tradicional, con el mantenimiento de una conciencia colectiva de cuya capacidad de regulación social y moral depende la existencia misma de la sociedad. He ahí el problema fundamental del mundo moderno tal como él lo explica en su obra La división del trabajo social.
Durkheim rechaza de entrada la identificación de sociedad liberal e individualismo posesivo así como el supuesto de la tradición utilitarista de que los actores sociales están orientados exclusivamente a la maximización de sus utilidades subjetivas. El sostenía que las formas específicamente humanas de conducta tienen un origen y un fin colectivos, la modernidad fracasa cuando en vez de un individualismo moral genera un individualismo sin creencias y sin valores colectivos que den sentido y razones para vivir. En una palabra, el error de dicha concepción ha consistido en pensar como esencial lo que en realidad era simplemente una desviación patológica del individualismo ético.

Pero el recurso distintivo de Durkheim a la hora de superar la aparente antinomia entre individualismo y solidaridad consiste en distinguir dos modelos mutuamente excluyentes de relación entre sociedad y solidaridad, cada uno de los cuales además corresponde respectivamente a dos tipos diferentes de sociedades. Así, la llamada “solidaridad mecánica” se produce en las sociedades primitivas, donde la naturaleza de la conciencia común hace tan idénticos a sus miembros que no hay lugar para la conciencia individual, quedando los individuos ligados directamente a la sociedad sin intermediario alguno.

Por el contrario, la solidaridad orgánica es propia de las sociedades modernas. En estas la diferenciación funcional promovida por la división y especialización del trabajo, concilia libertad individual y solidaridad social, de tal suerte que el desarrollo de la propia autonomía del individuo depende estrechamente de ese sistema de funciones interdependientes y complementarias que constituyen a la sociedad moderna. La solidaridad que de este tipo de sociedad resulta no deriva ahora, como en las sociedades primitivas, de la anulación de la conciencia individual sino de su afirmación y potenciación.
 
Pero al mismo tiempo la propia moralidad de esas sociedades, que hace de la autonomía moral así como de los derechos y libertades individuales su eje central, exige el fortalecimiento de los vínculos que unen al individuo con la sociedad. Cuando el individuo se desinteresa por lo colectivo se encuentra perdido, siendo la ausencia de adhesión a las normas sociales un síntoma de la decadencia tanto de la sociedad como del individuo mismo.

Hoy en día, muchos años después, las ideas de Durkheim nos explican por qué debemos comportarnos de manera solidaria. Sólo con esa actitud el sistema de libertades individuales se desmoronaría si así no lo hiciéramos. Y en esta compleja maraña de relaciones, hay quienes asumen esta actitud y quienes no. Nosotros nos encontramos en los que sí, y no sólo eso… sino que también asumimos la parte no asumida por otros.

La libertad garantiza relaciones cooperativas pero en tanto estas son fruto de la autodeterminación y responsabilidad de los individuos, lo que posibilita a estos pertenecer a grupos sociales de su elección y modelar por si mismos el compromiso público y la responsabilidad social para el mantenimiento de las instituciones sociales. Entiéndase esto: no existe una solidaridad plena si no hay libertad, si no hay una intención de libertad. No podemos ser solidarios, si no somos hombres libres en todo sentido.

Durkheim sostenía también que el Estado garantizaría un sistema de control para quienes no cumplieran con su parte de la solidaridad; pero nunca habló de cómo se taparía el agujero dejado por quienes no asumen la actitud solidaria, y ni que hablar, ante el hecho de que los sistemas de control no funcionen. Allí es donde entramos los hombres solidarios, allí es donde entran los proyectos sociales en el mundo moderno.

Además de un hecho social, la solidaridad se proyecta, sobre todo, como una referencia normativa que contiene pautas morales, compromisos políticos y constricciones jurídicas e institucionales. Así en el derecho romano la solidaridad denota obligación compartida (in solidum”), individual y colectiva, que fuerza a cada uno y a todos a hacerse responsable del conjunto. En cierto sentido evoca el recurrente “uno para todos y todos para uno”. Pero también esta actitud debe estar inducida por razones morales que animan a responsabilizarse también por el bienestar de aquellos otros que no pueden lograrlo por si mismos. Por tal razón, sin la presencia de ciertos componentes de voluntariedad y espontaneidad no cabe hablar propiamente de solidaridad.

La solidaridad al igual que cualquier disposición virtuosa se puede e incluso se debe incentivar pero no se puede imponer.

Hay que desechar la concepción de la solidaridad como un subproducto del egoísmo o la reciprocidad. En este sentido hay comportamiento solidario cuando se contribuye al bien de la comunidad o se ayuda al que lo necesita por razones morales, es decir, por razones confesables y públicas que tienen un sesgo de universalidad e imparcialidad.

La justicia democrática, establece que las situaciones de dominación e injusticia más insoportables suelen padecerlas los que no poseen información, voz o ámbito donde esta resuene, en una palabra, los excluidos. Por el contrario la inclusión asegura a las personas o grupos potencialmente afectados la oportunidad de influir en los procesos de decisión y en sus resultados y en consecuencia también la posibilidad de mitigar la injusticia que padecen.

Entonces podemos entender que si no se internalizan ciertas actitudes virtuosas y desarrollan en la interacción social comportamientos de corte solidario no existen garantías suficientes de que puedan reproducirse de manera estable nuestras valiosas sociedades democráticas.

Gracias al establecimiento de las normas democráticas (que hoy gozan de buena imagen) la actitud moral estaría asegurada en teoría. Repito, en teoría. Para que también funcione así en la práctica, se necesitarían dos cosas: (1) asumir la actitud virtuosa como algo real e interno, y (2) que toda acritud virtuosa, para ser tal, tenga que incorporar un punto de incondicionalidad, de tal manera que se considere valiosas por sí mismas con independencia de sus costes y beneficios, de sus efectos y resultados.

Contraviniendo la versión mas recurrente del liberalismo, Michael Baurmann en su interesante ensayo, El mercado de la virtud, sostiene que: “La moral y el sentido comunitario son elementos irrenunciables para la estabilidad de una sociedad liberal. A la larga, sus instituciones políticas y económicas no podrían funcionar si no llega a superarse, mediante la virtud de los ciudadanos, el abismo entre racionalidad individual y colectiva” (Baurmann, 45). La prosecución del interés privado no tiene porqué excluir la búsqueda del interés público. De hecho, no debería excluirlo. Y ese justamente es uno de los principales problemas de la época posmoderna: el afán del progreso por el progreso mismo y la sobrevaloración del éxito nos llevan a despojar de moralidad a todo comportamiento humano y, por consecuencia, a desterrar la ética de la sociedad entera.

Entonces, podemos entender que el comportamiento solidario se puede demostrar de dos maneras: de una forma “orgánica” (para hablar en términos de Durkheim), relacionado a la actitud política de ser partes de la democracia activa, y de una “forma virtuosa”, que tiene que ver con aquella intención de “tapar los huecos” que deja el incumplimiento de la forma orgánica.

El hecho de que el Estado democrático haya asumido la responsabilidad de asegurar la solidaridad orgánica de la sociedad posmoderna, configura la forma primaria de la institucionalización de la solidaridad. Otras formas propias de nuestro momento histórico las constituyen las Fundaciones y las ONG`s. Que no sería otra cosa que la apropiación de las responsabilidades no asumidas en la práctica por el Estado por parte del ámbito privado. Esto es lo que antes llamamos “tapar agujeros”.

Eso somos nosotros… unos profesionales albañiles, que vamos tapando los agujeros que deja el mal accionar de la institución que debe asegurar la solidaridad orgánica.

Finalmente podemos entender que si la forma orgánica de la acción solidaria estuviera asegurada, no se necesitaría la forma virtuosa de la solidaridad. En otras palabras… si el Estado y todos los habitantes asumieran el hecho de que abogar por el bien común es mejorar la vida de todos los hombres y mujeres de la sociedad, no habría necesidad de realizar Proyectos Sociales o Solidarios.
 
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Modificado el Lunes 25 de Mayo de 2009 15:44
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