Las pasiones humanas han quedado lejos. Hoy: todo es plausible de ser convertido en mercancía… hasta el amor -o, para ser justos, una pobre virtualidad del amor, que es el sexo-. Sí, porque aquel verdadero sentimiento, el más puro de todos ellos, es el único resquicio donde aun queda algo metafísico, esencial. Allí, en el amor, está la respuesta.
Pero, para no pecar de “sermonismo” y alejarme de cualquier discurso religioso, el amor del que hablo es el amor a la vida, a lo que deseamos, el amor a nosotros mismos, a los demás. Debemos amar bien a todo lo que amamos. Debemos amar lo que hacemos, o mejor dicho: debemos hacer lo que amamos. Debemos amar a nuestro verdadero amor… y vivir con amor. Poner nuestro corazón y nuestro empeño en lo que creemos, ese debe ser el camino.
Esa es la respuesta. Entregar amor. Porque hay amor en las ideas, hay amor en la lucha, hay amor en el salero de una cocinera de un comedor comunitario, hay amor en un proyecto de ley que defienda los intereses de los desposeídos, hay amor en una manifestación por una justa causa. Hay amor en un favor desinteresado, en un proyecto juvenil; hay amor en el arte verdadero, lejano a cualquier negocio. Hay amor en toda la vida, si se la vive libremente. Hay amor en cada vacuna, hay amor en una mano extendida, en un oído que escucha.
Ese es el amor que debemos tener en nuestras manos, para tomarlo e impedir que no se escurra por entre los dedos.
Necesitamos de ese amor, porque el amor, que está presente en cada idea verdadera, es más fuerte que cualquier estrategia política.
Yo, por mi parte, voto por el amor a todo lo que hago… que tiene muchas cosas… menos precio.
Federico Guido Fiorentino
Miembro del Grupo Scout Benito Meana (Buenos Aires) y del Grupo Scout 217 Matterhorn (Madrid)
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