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Informe Preliminar

by Jose Ortiz
dscf9687.jpgSeñor Director:

Me dirijo a Usted a fin de elevarle un informe preliminar sobre la investigación arqueológica que está desarrollando nuestro Departamento. Teniendo en cuenta la invalorable relación de amistad  que nos une, me permitiré expresar aquí algunas consideraciones personales que se apartan de la necesaria objetividad científica que tendrá el informe oficial.
Como Usted sabe, la investigación se inició cuando uno de nuestros equipos de rastreo encontró una sonda espacial de origen desconocido. Desciframos casi todos los datos contenidos en ella, y determinamos que provenía del planeta Alfa del sistema N 84. Inmediatamente comenzó la mayor campaña que haya emprendido este Departamento. Todo nuestro personal y recursos se dedicaron a ella. Fue necesario enviar una misión exploratoria. Formé parte de ella y desde entonces mi percepción el universo ha cambiado profundamente.

El planeta pertenece a un sistema que orbita una estrella de tamaño medio. Se encuentra a la distancia exacta de la estrella como para permitir la existencia de formas superiores de vida. Posee atmósfera y abundante agua en estado líquido en su superficie. Para no abundar aquí en detalles técnicos, resumiré diciendo que sería el lugar perfecto para iniciar, en algún futuro, una colonización. Sin embargo, un evento catastrófico ha ocurrido allí recientemente.

La civilización que envió la sonda ya no existe. El equipo de Biología catalogó diversas formas de vida vegetal y animal, pero ninguna de ellas capaz de construir las ciudades cuyas ruinas encontramos. En el planeta Alfa hubo una especie dominante que ocupó todo su mundo y que llegó a tener un cierto grado de desarrollo tecnológico antes de extinguirse. Era el sueño de todo arqueólogo. Inmediatamente comenzamos la exploración simultánea de varios sitios seleccionados, y en poco tiempo reunimos abundante información. Las primeras hipótesis que planteamos para interpretar estos datos fueron alarmantes.

Aparentemente, estos seres causaron su propia destrucción, guiados por una crueldad y una ambición desenfrenada. En todos los sitios explorados hallamos pruebas de guerras entre colonias de la misma especie. El sueño de arqueólogo se transformaba en pesadilla de sociólogo. Era inevitable relacionar aquellos acontecimientos con nuestros miedos más profundos. Es el primer ejemplo claro de lo que pudo ocurrir en nuestro propio planeta, de lo que aún pudiera suceder si no erradicamos la intolerancia que con demasiada frecuencia nos domina.

Los hallazgos no sólo se relacionaban con guerras, sino con desigualdades en el modo de vida de grupos de la misma especie, a veces dentro de la misma población. Algunos grupos tenían acceso a refugio, alimentos y todas las comodidades que podía brindarles su incipiente tecnología, mientras que otros no disponían de lo indispensable para la vida. De hecho, muchos no lograban subsistir en esas condiciones. Aparentemente se trataba de relaciones de absoluta servidumbre entre seres biológicamente iguales.

Los grupos dominantes no usaban su ciencia para el bien común, sino para perfeccionar su dominio y producir armas más eficientes. Explotaron irracionalmente los recursos naturales de su mundo, hasta el punto de alterar sus condiciones climáticas y afectar fatalmente su habitabilidad. Los recursos tecnológicos de que disponían, les hubieran permitido acceder a fuentes de energía renovables, vivienda y alimentación  suficiente para toda la especie, sin alterar el clima ni el equilibrio ecológico. Pero su desmedida ambición lo impidió.

Lo más inquietante era que el comportamiento autodestructivo de la civilización Alfa nos resultaba demasiado familiar. Hemos visto muchos ejemplos en casa para poder evitar las comparaciones. Pero pronto comenzaron a surgir nuevas evidencias y nuevas hipótesis. No se trataba simplemente de una especie depredadora. Cuando profundizamos el estudio de sus numerosas lenguas, su historia y sus artes, hallamos un legado enorme, de riqueza incalculable. Otro mundo se revelaba ante nosotros, un mundo espiritual, muy alejado de la brutalidad que habíamos visto. No era una especie diferente. Convivía en ellos el bien y el mal en un equilibrio inestable que finalmente se rompió. Prevaleció el ciego egoísmo intolerante. No entendieron que se dirigían al desastre. Tal vez nuestra propia existencia dependa de comprender el motivo.

He dicho antes que esta experiencia ha cambiado mi visión del universo. No puedo evitar sentir algún grado de identificación con los Alfa. Paso mucho tiempo catalogando sus obras de arte, leyendo su literatura, escuchando su música y estudiando su filosofía. Debo admitir que ahora siento admiración y respeto por ellos y por su legado. He conocido infinidad de historias reales sobre personajes silenciosamente heroicos, rebeldes ante la injusticia y solidarios hasta el sacrificio. He visto incontables imágenes de lo que fuera su planeta, tan increíblemente hermoso, y de los esperanzados esfuerzos que hicieron la mayoría de ellos para que se impusiera la idea del bien común. Creo que hubieran merecido lograrlo.
                           
Mi primer impulso al regresar fue abrazar largamente a mis seres queridos, luego acostarme sobre la hierba admirando un cielo maravillosamente nublado, caminar bajo la suave lluvia, reír con cada uno de mis amigos y con cada desconocido que me cruzara. Aquí estoy seguro de que nuestro destino puede ser mejor. He sido testigo de las consecuencias de la intolerancia. No permitiremos que eso nos ocurra. Sé que habrá muchos mañana.

Quisiera, finalmente, hacerle una sugerencia. Es costumbre asignarle un nombre propio a los planetas ya explorados. Teniendo en cuenta que existió allí una civilización que lo habitaba, deberíamos respetar su nombre originario. La especie Alfa N 84, que lanzó la sonda espacial Voyager que hallamos, se denominaba a sí misma Humana, y a su planeta, Tierra.



 Saludo a Usted muy atentamente.

 Desde algún lado de Buenos Aires

  Leticia y Héctor Casariego
Miembros del Grupo Scout 217 Matterhorn

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