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Chacato

by Jose Ortiz
chacato.jpgNunca supimos su verdadero nombre, ni quién le puso “Chacato”. Sin duda, debió tener un nombre, y un apellido, y una familia que lo protegiera. Cuando tenemos diez años de edad, esas cosas se dan por sentadas. Pero él era un caso diferente. Era el tonto del pueblo y debíamos ignorarlo. Al menos eso decían nuestros compañeros de juegos, desde la autoridad incuestionable que les otorgaba el hecho de vivir allí todo el año. Nosotros, simples visitantes de verano, debíamos limitarnos a obedecer la consigna.
 

Después de tanto tiempo, sólo podemos imaginarnos que Chacato era sordomudo. El  solía andar solo por aquellas calles, por lo general hablando o más bien gritando palabras ininteligibles. Con ambos codos hacia delante, los antebrazos flexionados y las manos a los costados de la cara. Las puntas de los dedos sobre las orejas y las palmas formando un hueco en dirección a la boca. Seguramente así lograría sentir la vibración de su propia voz.

Jamás supimos que hubiera molestado a nadie, pero el simple hecho de que pareciera diferente a nosotros nos causaba desconfianza y hasta temor. Aunque sólo tenía un par de años más de edad, nos sentíamos incómodos al cruzarnos con él. Pero él apenas nos dirigía una mirada y seguía su camino, seguramente ocupado con cosas de su propio mundo, ese mundo tan misterioso e inaccesible a nuestra limitada comprensión.

Los veranos transcurrían mansamente, contando los días que faltaban para volver a la escuela, chapoteando en la piscina, pescando en el arroyo o jugando al fútbol. Confieso que no soy muy bueno para el fútbol. Siempre quedaba relegado al arco.

Una tarde nuestro equipo ganaba fácilmente y los contrarios no llegaban a mi arco. Por eso me distraje al ver pasar a Chacato. Para mi sorpresa, se detuvo a pocos metros y dirigió su mirada al partido, siempre con las manos a los costados de la cara, siempre con su lenguaje incomprensible, pero esta vez el tono de su voz y su cadencia eran las de un relator de fútbol. Estuvo allí unos minutos, y por un instante nuestras miradas se cruzaron. Nunca lo había visto reír, pero sus ojos sí se reían. Su voz destemplada continuaba el apasionado relato imaginario, pero su mirada era de serenidad y alegría. Por un momento creí tener acceso a su mundo interior. Por un momento se borró toda desconfianza, todo temor.

El equipo contrario logró avanzar y debí concentrarme en el partido. Pasado el peligro volví a buscar a Chacato, pero ya no estaba allí. Hubiera querido que se quedara. Sentía, más que sabía, que podíamos ser amigos. Pero no volví a verlo ese verano, ni el siguiente. A decir verdad, con el tiempo creí olvidar el incidente y a su protagonista.

Me encontraba, hace poco tiempo, caminando por el centro de la ciudad, cuando recibí una llamada en mi teléfono móvil. Era una comunicación importante, que requirió de toda mi atención. Seguí caminando casi automáticamente, atento sólo al teléfono, hasta que tropecé levemente con otro peatón. Este, sin esperar una disculpa, me sonrió levemente y siguió su camino. Entonces reaccioné y advertí la situación.
 
Allí estaba yo, caminando por la calle, con ambos codos hacia delante, los antebrazos flexionados, con las manos a los costados de la cara, una sosteniendo el móvil sobre la oreja derecha y la otra cubriendo la oreja izquierda para atenuar el ruido ambiente, hablando casi a los gritos con un interlocutor invisible e ignorando lo que ocurría a mi alrededor.
         
Esta vez me tocaba ser el tonto del pueblo. Y seguí siéndolo mientras completaba la caminata, porque una sonrisa más ancha que mi cara apareció junto con los recuerdos.

Recuerdos de veranos pueblerinos, de tardes de fútbol y de amigos inocentemente crueles, que decidieron ignorar al “diferente”. No supe entonces poner en duda la consigna, hasta aquella tarde en que casi, casi fuimos amigos. Aquella tarde comencé a entender que las consignas injustas deben cuestionarse a tiempo. Nunca volví a sentir rechazo hacia nadie sin conocerlo, porque el único motivo para el rechazo deben ser las acciones malintencionadas, porque siempre veré en los demás algún reflejo de aquella mirada que me permitió, por un instante, acceder al sereno y alegre mundo interior de mi casi amigo Chacato.
 
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Leticia y Héctor Casariego
Miembros del Grupo Scout 217 Matterhorn
 
 
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Modificado el Sábado 27 de Septiembre de 2008 17:04
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