Debe ser difícil llevar la vida de “un distinto”, muy difícil. Más duro aún puede ser, si se vive en constante choque con quienes se creen “normales”. Porque, tristemente, la conciencia del “distinto” está ligada íntimamente con la del “normal”. Se es distinto, porque otros creen ser normales y, más aún, porque se empeñan en que todos lo creamos así.
La discriminación es una palabra fea, nadie quiere ser destinataria de ella, nadie quiere estarle cerca. Pero es una palabra que está ahí, que nos mira de reojo. Y son muchas las categorías sociales que andan de su mano, y que se clavan cada día en nuestras conciencias. Y es difícil esquivarlas a todas. Algunas nociones totalizadoras nos atrapan de vez en cuando, y nos obligan a sentirnos “normales” o “diferentes”. Son estas mismas normas las que provocan la discriminación, como algunas reglas de convivencia como, por ejemplo: el protocolo.
Son los amantes de los grandes grupos y sus sutiles armas las que quieren controlarlo todo. Por eso existen ellos, los que no ven la hermosura de la flor en el maizal, los que no ven la belleza que esconde la diferencia, los que no sienten el placer de descubrir algo que agite a “la normalidad”.
Contrariamente a lo que dicta esa conducta “homogeneizante”, es la diversidad la que hace de este mundo un lugar hermoso. Es la capacidad de asombro que tenemos los seres humanos, y que algunos utilizamos, cuando vemos cómo otras personas hacen cosas diferentes; cómo resuelven problemas, comunes a todos, de otra forma; cómo se manifiestan las preocupaciones de todos los hombres de maneras distintas. Es asombroso conocer el amor, de mil maneras disímiles. Es admirable el hecho de que no hay una única manera, de que muchos caminos conducen a Roma, de que “Paz”, “Peace” y “Paix” son el mismo concepto y, si se los practica, se llega al mismo extraordinario resultado. Es maravilloso saber que una fiesta puede transmitir la misma alegría si participa de ella gente vestida de frac o personas con vestimenta popular.
Es justamente eso: “la diversidad” lo que hace que este mundo sea un lugar hermoso. Hay que entender que no somos todos iguales, pero sí debemos ser tratados de igual manera, más allá de nuestra etnia, clase social, religión, contextura física o ideología política; más allá de que otros, nos quieran meter en alguna minoría o en un grupo mayoritario, más allá de que quieran que nos sintamos superiores o inferiores.
Por todo esto, ser distinto no debe pesarnos, porque, en definitiva, todos somos distintos. Justamente allí esta la magia, esa es la gracia del asunto. No debemos llevar con tristeza las marcas que nos distinguen de los grupos hegemónicos, al contrario… deberíamos estar orgullosos de no ser como esas personas; aquellas que no entienden que, como dijo Mijail Bakunin, “la uniformidad es la muerte; la diversidad es la vida”.
Federico Guido Florentino
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Ser "diferente"







