Como la carrera discurría por la cuerda de la montaña (para que nos entendamos; la parte más alta, desde donde se ven las dos vertientes, lo que tienes al sur y al norte) y estábamos en un puerto (la zona más baja), pues tocaba subir… La carrera comenzó con un cuestón campo a través en el que sólo los más valientes corrían, los que éramos más normalitos, subíamos andando (sin prisa pero sin pausa), y sin parar de hacer chistes. Para nuestra sorpresa, cuando llegamos arriba, nos dimos cuenta de que esto no era como las rutas: los de adelante no nos habían esperado y ya se les veía por allí a lo lejos…
Con la idea de alcanzarles para decirles que tenían que esperar a los del final; que eso no estaba bien, que no puede ser que los del Clan salgan corriendo y dejen a los Castores para descargar el autobús… empezamos a correr disfrutando de las increíbles vistas y del viento helador que hacía que por lo menos no sudáramos. Así, aprovechando los medio-llanos y cuestas abajo para correr más rápido, y andando menos rápido en las cuestas arriba, pasamos los picos de La Najarra, Loma de Bailánderos y Asómate de Hoyos. A esas alturas, las fuerzas, la moral y los reflejos (importantes por lo abrupto del terreno) empezaban a flaquear, sobre todo a la vista de lo que teníamos delante: La Cabeza de Hierro Mayor.
Parada técnica: Un plátano, un poco de chocolate y una foto. ¡Milagro! De alguna manera eso nos resucitó y seguimos pa’lante con más ganas que antes.
Con algún tirón muscular, y torcedura, y repitiendo periódicamente el ritual de plátano + chocolate + foto coronamos las cimas de las dos Cabezas de Hierro, el Cerro de Valdemartín y finalmente la Bola del Mundo, el último obstáculo (dónde unas señoras muy amables nos ofrecieron un zumito isotónico para reponer fuerzas). Lo que quedaba por delante era una bajada hasta el Puerto de Navacerrada, que más que bajada, parecía el hueco del ascensor. Casi vertical. Tras descender con una técnica innovadora y ortopédica para no machacarnos demasiado las rodillas, llegamos al final a la meta.
Resultado: 3 horas 30 minutos y 48 segundos, 19 km y 1300 metros de desnivel positivo acumulado (o sea, contando sólo las cuestas arriba), la satisfacción de haber completado nuestra primera media-maratón alpina, y lo que es más importante: las croquetas y el caldito que ofrecieron al llegar.
Manu, Cheriff y Lanz.








