Es de noche. Hace un extraño frío del 2015 que nos parece diferente al de los días previos. Me quito la pañoleta y empiezo a sentir un entrañable deseo de leche caliente, como un niño que juega a hacerse el desamparado e intuye que ese calor pseudomaternal puede ayudarle a serenarse. Mientras se calienta ordeno aquello que he ido juntando en mi cabeza a lo largo de la tarde para escribir unas palabras en nombre de todos para despedir a Santi.
Lo primero que pienso es que cualquiera de los que estamos aquí podría haberlas escrito y serían tan valiosas y representativas como éstas lo pudieran ser. La razón está en que tenemos que hablar de un ser enorme, complejo y abrumador. Con tantas visiones posibles como tratos y personas.
Además pienso en la imposibilidad de abarcar la figura de Santi a través de las palabras. Santi refleja por encima de muchos ejemplos la imagen del hombre de acción, de hechos. Me rindo. Sé que esto que escribo, que os leo, solo será un perfil. Cada uno de nosotros pondría el acento en cosas diferentes, recuerdos, anécdotas, imágenes... Lo respeto tanto que siento que me entrometo en vuestras emociones y no deseo atribuírmelo. Santi es la figura que cada uno recuerda, así de definitivo. Aunque hablo en nombre de todos simplemente dejo aquí la mía.
Por otro lado me toca escribir unas palabras que no deberían de nacer, no deberían haber sido escritas ni estar pronunciándose, pero en algún momento la vida tomó una decisión sin consultarnos y empezó a discurrir por senderos que no estaban en nuestro guion. Por mucho que lo pretendamos no estamos entrenados para el infortunio, simplemente lo afrontamos.
No estaba previsto que un hombre joven, vital y fuerte tuviera que marcharse antes de tiempo. Una persona llena de energía y de futuro, especialista además en el futuro de los demás.
Santi. Su nombre propio se convirtió en un sustantivo común cargado de significados. En sus cinco letras se concentraban resumidamente el scout, el amigo, el aventurero y un infatigable luchador hasta el final, también contra su enfermedad. Podríamos llegar a decir “tal cosa es un Santi” y todos entenderíamos qué y cuánto decimos con ello. Todo lo que caía en sus manos lo transformaba, igual que su enfermedad, en un proyecto y una forma de trascender lo establecido, alcanzar algo más. Desde su fuerza vital fue capaz de crear la biografía de una vida, terriblemente corta, llena de contactos, conocidos, amigos, relaciones y propuestas. La famosa teoría de los seis grados con él se desdecía y se acortaba. Entrar en el local del Grupo, encontrarse con él y arriesgarse a pronunciar el nombre de alguien interesante que supuestamente no debía de conocer era abocarse al fracaso y a la sorpresa. De alguna manera lo conocía y si no era así buscaría la manera de hacerlo, intentar sumarlo, implicarlo...ya salen, empiezan a salir solas algunas de las palabras favoritas de su diccionario. Sí somos honestos reconozcamos que su vida siempre habría sido jodidamente corta para todo lo que su mente no dejaba de imaginar.
Santi era una persona de creencias y lealtades que empezaban por una ostentosa fidelidad hacia sí mismo, sus principios y valores. Su compromiso político activo se juntaba con el amor por cierto equipo de fútbol que solo exige, como carnet, un sentimiento.
Mención aparte merece el Escultismo y el Grupo Scout 217 Matterhorn, sin duda “su” Grupo.
Le conocí a los 9 años en una inolvidable tarde lluviosa de septiembre en la que esperaba resguardándose bajo los balcones de la Parroquia de San José dónde entonces el Grupo tenía sus modestos locales. Yo llegaba no sabía muy bien a qué ni para qué pero él, que siempre supo andar por delante, necesitaba saber ya qué hacía yo allí, mejor dicho “qué coño hacía yo allí”.
Esto era uno de sus rasgos genuinos, una impronta de su carácter: anticiparse, querer saber antes de saber, pronosticar, vaticinar y dominar los tiempos. A menudo acertaba y si no lo hacía anotaba lo sucedido (tenía una espectacular memoria de los detalles con la que no convenía rivalizar), reconocía sus carencias (otra de sus palabras preferidas) y sacaba conclusiones pero siempre y sobre todo para actuar a partir de ellas.
Santi era grande: normalmente era eficaz y brillante en grupo pero era hablando con él en las distancias cortas cuando aparecía un hombre más sensible de lo que parecía a simple vista, muy receptivo a la debilidad humana y temeroso de las consecuencias de sus decisiones. También curioso de lo que todos buscamos cada día para hacernos la vida más llevadera.
Era un hombre de talento por encima de un talante que a nadie dejaba indiferente. Pedía “mojarse” porque el siempre andaba empapado. No le amedrentaba ni la intensidad del esfuerzo, ni del trabajo (otra entrada más de su diccionario), ni la envergadura del proyecto. Cuanto más ambicioso (sumad otra), original y grande mejor. Fracaso era simplemente sinónimo de no intentar. Lo que le sorprendía era observar que a los demás si nos abrumaba todo y nos generaba dudas. Con el tiempo aprendió a aceptarlo con una cierta benevolencia lacónica y machadiana: “qué le vamos a hacer, caen las hojas, el que quiera que me siga, el que no pueda que permanezca dónde esté”.
Su primera iniciativa ya fue, en su momento, casi una quimera: conseguir la estabilidad material del Grupo de forma que por un lado, los Scouters solo tuviéramos que ocuparnos en intentar ser los mejores. Paralelamente garantizar la existencia a largo plazo del mismo. Por último, casi como una obsesión hasta nuestros días, evitar que ningún niño o niña pudiera quedarse fuera de él por razones económicas. Todo lo llevó adelante de una forma tan firme y concienzuda que a veces se quejaba, no sin razón, de que parecía que lo hubiéramos olvidado. Sí, lo dábamos por sentado y también que no le gustaban demasiado los halagos y reconocimientos.
Seguramente a estas palabras las llamaría “un discurso pastelero”.
Una vez le comenté que no tenía claro si él era scout o scout del 217. Me miró sin contestar. Amaba al Grupo. No es una frase sin más, lo amaba con todas las acepciones posibles de la palabra amar: lo deseaba, lo hacía suyo, se entregaba y fundía con él. Su último servicio al Grupo fue dejar que Benagéber tuviera un Campamento Scout del 217 sin interferencias. Lo sabemos, era tu estilo: al fin y al cabo una “circunstancia” como tu despedida de la vida no podía evitar un Campamento 217 programado.
A través de su personalidad, con la estabilidad del Grupo en la mochila, con su experiencia y su carisma como observador social llegó a la conclusión de que el Escultismo en España necesitaba para su subsistencia transformarse en algo diferente que algunos bautizaban como Escultismo 3.0 Era en realidad su gran proyecto actual que no tenía forma precisa más que en su bulliciosa cabeza. Hablando con él obtenías algunas claves: la unión de valores, formas, creencias del Escultismo que habíamos conocido y amado desde niños, el aroma del “espíritu y el estilo scout tradicional” con las realidades, emociones, dificultades y tecnologías de hoy para evitar su apolillamiento y todo afrontado con el deseo de ofertarlo, mostrarlo, llevarlo adónde hiciera falta. Nada ha quedado escrito: recopilarlo no será fácil ya que todos guardamos alguna de sus frases y recetas al respecto, pero hacerlo será imprescindible. Contaba con esta realidad que vemos en esta sala hecha posible por él: generaciones diferentes juntas que se observan con más curiosidad que distancia. Él era el eje de este milagro.
Lentamente llegamos a otra de las palabras de su diccionario: “imprescindible”. Sé que es recurrente en estos actos utilizarla pero hoy vamos a pronunciarla con todas las de la ley. Santi ha sido un hombre honesto, vital, lleno de un peculiar sentido del humor, enamorado del futuro como ese tiempo convertido en el lugar dónde la injusticia social se mitigaría, todos los niños conocerían y crecerían en el Escultismo, los amigos recitarían de memoria los cantos de Silvio Rodríguez y los cafés serían siempre italianos, cortos, baratos y deliciosos.
También fue un maestro en el arte de la generosidad y aquí se abren los paréntesis mentales para el recuerdo favorito de cada uno de nosotros. En el silencio y en el secreto de cada uno de esos recuerdos brilla su belleza íntima.
Hace unos meses en el Café de la Calle Monteleón que tanto le gustaba visitar me comentó: “chaval, yo sé que no voy a vivir mucho tiempo, a partir de ahora solo quiero hacer cosas importantes”. Seguramente lo realizado hasta ahora no le debía parecer gran cosa y, sin duda, mejorable. Mucho nos tememos que allá dónde te encuentres ahora habrá mucha tarea que hacer. Es probable que te vuelva a tocar ser comprensivo: has de recordar que no todos tenemos tu energía y disposición, que a veces se necesita descansar. Lo que sí sabemos es que en ese lugar al que llegas ahora las cosas seguro que van a cambiar, algunos tendrán que ponerse las pilas porque habrá que replantearse modelos y ser ambiciosos con la eternidad. Apelamos desde aquí a tu comprensión: los prescindibles de acá y de allá necesitamos un respiro y adónde llegues serán incapaces de ganarte “un serio” en una ceremonia de Campamento; les falta práctica.
Los scouts somos especialistas en sentir el dolor al mismo tiempo que sacamos pasaje hacia la alegría y en mostrar nuestras emociones para compartirlas, redoblando una apuesta optimista por la vida. Todo esto, seguro que lo compartes. También nos lo pedirías. Ya estamos en ello, no debes apurarte.
Te vas Santi. No sé cuánto hace ya que te echamos de menos. Marchas al famoso, incierto y “jodido” “Eterno Campamento”. Esta vez a las laderas del Monte Kenia llegarán mensajes con ecos étnicos del Kilimanjaro, soplarán los aires gélidos del Tíbet y caerán los copos de las Montañas de hielo del McKinley, llegarán palabras con el olor a las briznas despegadas por el viento en las praderas de Idaho y el aroma tibio de los volcanes de Izalco, todo bajo la atenta mirada de la vigilante estrella de Alkaid. Mensajes emitidos por Kiowas bajo el amparo del viejo árbol Mohwa, agradecidos todos por haberse cruzado en tu camino, haber conocido tu voz exigente y decidida para aprender que merece la pena, que a pesar de todo ha merecido la pena, desde luego, y que lo hemos pasado bien juntos saboreando el crepitar final de las hogueras languideciendo en noches de campamento que no sabremos olvidar teniendo siempre la certeza de que ya que estábamos por aquí, que mejor opción que hacerlo con una pañoleta al cuello, una canción y un motivo expresado en una intensa, corta y sentida frase que todos reconocemos:
“Siempre Listos".


Seguiremos Acampando,
Seguiremos Avanzando...
...en cualquier Selva del Mundo







