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¿Pero que le pasa al mundo?

by Jose Ortiz
peroque.jpgLa Señora del Metro

 

He vivido hoy en la estación del metro una escena que colocó mi mente de nuevo y por unos instantes de regreso en mi país. Esta tarde al volver a casa pude ver y escuchar como una señora junto al teléfono se debatía entre la alegría y la tristeza. La alegría por la oportunidad de vivir en un país como este y la tristeza de tener a su gente lejos, a muchos kilómetros al otro lado del océano. Mi emoción llegó a su momento cumbre cuando la escuché decir entre lágrimas: “no se preocupe mamá, aguante un poco que mañana mismo le mando el dinero”, fue entonces cuando reflexioné acerca de lo lejos que estamos los humanos de entendernos los unos con los otros, la reflexión me llevó a recordar y pensar en la noticia que acaparaba las portadas de los periódicos de la mañana acerca de las nuevas políticas antiinmigrantes tomadas por el actual gobierno de un país vecino.

La noticia es que si una persona le renta un piso a un inmigrante, esta persona tendrá problemas con la “justicia”.

¿Qué nos pasa?, me digo a mi mismo-¿Hemos olvidado ya que las líneas fronterizas son imaginarias?-¿Qué en el siglo XXI no debería haber exclusión de ningún tipo?
La señora del metro con su acento suramericano me hizo sentir como si alguien atravesara con su mano mi pecho, cogiera mi corazón, lo apretara un poco y le diera dos vueltas para colocarlo de nuevo en su lugar, debilitado y tembloroso pero funcionando aún. Fue impactante ver la forma de manejar las palabras para que su interlocutora no notara las lágrimas que se tragaba.

Recordé en ese momento a mis compatriotas con disfraces de payaso que se suben en los autobuses de El Salvador a dar su show por unas cuantas monedas, riéndose de los dientes hacia fuera pero llorando de la garganta hacia el corazón; riéndose por trabajo, por necesidad, pero preocupados por los tres dólares que significan pasar de ocho de la mañana a diez de la noche de un lado a otro, de autobús en autobús, y muchas veces con un niño entre sus brazos que también va pintado de payasito; tres dólares, tres dólares si la suerte no dice otra cosa.

La forma de manejar la conversación que tuvo la señora del metro me hizo admirar el instinto humano, el cual, ante las adversidades, busca a parte de la satisfacción de las necesidades materiales, la minimización del daño psicológico y deja espacio para las caricias, la dulzura y la protección de sus seres queridos, como la madre que pide limosna en el semáforo de la Calle Gabriela Mistral de mi ciudad capital y cuando consigue su primer cuarto de dólar lo dedica para comprar un caramelo a su hijito.

Lo ensayado que parecía la plática telefónica me dijo que a lo mejor no es la primera vez que le pasa a esta señora. Tapaba con su mano derecha el micrófono del teléfono cuando no podía contener los suspiros, al mismo tiempo que veía en la pantalla del aparato el saldo que le quedaba a la llamada. Entonces pensé en la persona que estaba en el otro teléfono a cientos de kilómetros, ¿Quién será?, ¿una madre enferma o hambrienta?, ¿una madre endeudada?, no lo sé, pero pude ver como esta señora valientemente lloraba en silencio para que la otra pudiera sonreír, sufría en secreto para que la otra pudiera gozar y con este esfuerzo reducía a una el número de personas adoloridas que de otra manera habrían sido dos.

No sé si en ese instante me puse por unos segundos atrofiado de la mente o estaba abusando de mis cinco minutos de tribulación diaria a los que pienso que todo humano tiene derecho, pero traté de encontrarle una función matemática a la escena que estaba observando, me dije a mi mismo: “el cien por ciento de ese dolor que en este caso afecta a dos partes iguales debe ser dividido entre un número mayor que uno para que haya un punto de equilibrio en la relación, tal que, la distribución sea proporcionalmente equitativa y el resultado sea positivo”.

Pero en esta función, la señora frente a mis ojos estaba soportando todo el dolor por lo que no cuadraban mis cuentas, ¡Hay algo que no encaja! –me dije indignado– luego pensé que en cierto modo a mi también me afectó escuchar, así que creí que al absorber un poco de tristeza de algún modo compartía la pena de aquella señora, que yo debía ser la parte faltante en la función para distribuir el peso, por lo tanto tenía que decírselo para alentarla un poco al mismo tiempo de descansar su pena al confesar mi trauma.

Dije entonces: “con dos cojones” ¡estas no son matemáticas!, me acerqué a ella luego de escuchar el sonido del teléfono colgado y antes de que acabaran mis minutos de locura le dije: “no sé que le ocurre, pero este teléfono también me ha escuchado actuar en otras ocasiones, si le sirve de algo, ahora estoy feliz, y sé que los humanos somos capaces de superar los retos por duros que parezcan, que hoy llueve afuera de la estación, pero luego saldrá el sol; que está oscuro por la noche, pero mañana alumbrará la luz de un nuevo día, y que sin duda alguna, sea lo que sea que le pase, tendrá que cambiar la historia”. Me miró por unos instantes y pensé que sería una persona más en recordarme que estoy loco, pero para mi sorpresa, escuché su voz ya relajada que me dijo: “muchas gracias, noté que me estabas mirando y aproveché en liberar mis tristezas, es que a mis 52 años he entendido que no es lo mismo llorar en soledad que contar con alguien que te escucha”.

Me despedí diciéndole que pasara una feliz noche, ella me dijo: “hasta luego” y antes de marcharme me di cuenta que mi entendimiento era ocupado por una sola pregunta: ¿Qué le pasa al mundo?

Bobby.-

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Modificado el Martes 05 de Agosto de 2008 23:47
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