De las causas de esta problemática claramente se ha debatido, pero no parece haber acuerdo. Y las acciones que nos den una solución siguen relegadas ¿Y qué se puede esperar de una dirigencia que mira para todos lados menos para la educación; una dirigencia que prometió construir ocho veces más escuelas que las que finalmente edificó? ¿Qué confianza podemos tenerle a un gobierno que ignora la verdadera importancia que tiene la educación en el armado de un modelo de país, sobre todo cuando dice defender la redistribución del ingreso y no le otorga el presupuesto necesario para que las universidades públicas estén en las condiciones mínimas de funcionar?
Pero no podemos quedarnos ahí nomás. Necesitamos convencernos de que la violencia es una problemática que parece querer afianzarse a las escuelas, para quedarse por mucho tiempo, así como lo hizo contundentemente en el fútbol. Y no podemos ignorar que los tiempos han cambiado. No podemos creer que con recetas caducas, de un país que ya no existe, saldremos de esta. No debemos tener creatividad y no ser ingenuos, porque todos sabemos que esta crisis de la educación se combate con más educación, pero hay que saber cómo distribuirla, cómo transmitirla.
Educación para salvar la educación. Puede sonar tonto, quizá demasiado simple. Es fácil decirlo, pero complicado llevarlo a la práctica. Pero debemos estar de atentos y empezar por donde se debe…
Todos queremos cambiar las cosas, todos queremos que esto se acabe, que los Maestros vuelvan a ser considerados por los alumnos como los portadores de conocimiento y no sus enemigos. Pero hay que pedir lo justo, porque la justicia es educación… y no hay educación sin justicia. No podemos ser mal educados y tenemos que hacer pagar a los responsables políticos de la muerte de Fuentealba. Porque si nuestros representantes no respetan a los Maestros, qué le podemos pedir a un adolescente, a un niño o a un joven, que nació en una sociedad que involuciona día a día y camina de la mano de un gobierno, que se llena la boca con los índices descendentes de desocupación, pero que no habla, ni un poco, de cómo sube sin freno el peor índice de todos: el de la deseducación.
No lo olvidemos nunca: a los Maestros no se les pega.
No se les pega ni se los mata. Porque ellos, nuestros Maestros, son los más capacitados, con su lucha diaria contra la ignorancia y la inconvivencia, de recuperar lo perdido y retomar el camino de la evolución social. No es cosa de utopías, sino de trabajo y buena acción.
*A la memoria de un luchador social: nuestro maestro Carlos Fuentealba.
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