A los salvadoreños
que nacimos en guerra, en la década de los 80´s y crecimos en ambiente
hostil “hasta la firma de los acuerdos de paz en 1992, en el Castillo
de Chapultepec, México”, se dedicaron desde entonces a enseñarnos en
las escuelas que “había que reconstruir el país”, su estructura social,
y afrontar el inevitable proceso postguerra; y unas palabras se fueron
abriendo campo en los textos, las bocas y los oídos de la gente, chicos
y grandes: la CULTURA DE PAZ.
Esa paz, la que soñábamos y anhelábamos los cuscatlecos de mi barrio, la que crecimos ansiando y amando, por fin nos llegó en forma de tinta y papel y a través de unas retransmisiones televisivas, a veces aparecía pintada con forma de paloma y un ramo de laurel en el pico, y otras veces llegaba representada en banderas blancas y campañas masivas; nos enseñó a abrazar otros aspectos como la tolerancia y el respeto hacia los compañeros del aula, los amigos del barrio, los conocidos y los desconocidos, la gente que se sube al autobús, la que camina en las calles, la que trabaja en el mercado, el que reparte las cartas, los que recogen la basura, el que lava coches y baña perros para sobrevivir, el que barre en los parques, y TODA la gente; se empezó a enseñar a que TODOS SOMOS IGUALES. ¿Dónde están hoy esas enseñanzas, esa cultura de respeto por la vida?, el ambiente hostil continúa, 17 años después mutado en fenómenos de violencia social.
Muchos son los estudios en el tema del crimen y la violencia, no sólo
en El Salvador, sino en muchos otros países. Y sin ahondar mucho en lo
ya estudiado, es un hecho que el común denominador de todas las
adversidades sociales es la intolerancia: de unos hacia otros, de algo
o hacia algo. En muchos sectores, los favorecidos no toleran la
marginalidad y la miseria de los desfavorecidos; y, a su vez, los
desfavorecidos no toleran seguir sobreviviendo bajo sistemas invivibles
que sostienen la riqueza de los favorecidos.
Encontrar la cura a la desigualdad, que da origen a muchos conflictos y fenómenos sociales, es uno de los retos fundamentales para lograr convertir al mundo en un lugar mejor para vivir, y aunque la panacea no sea la educación en la tolerancia, es muy cierto que podríamos –por lo menos- empezar a practicarla en los ámbitos en los que cada uno nos movemos.
Este reto, se plantearía más alcanzable, si fuese -en verdad- del interés de toda la humanidad, pero está claro que el nivel de identificación con el desafío de erradicar estos fenómenos de desigualdad y todas sus variantes y ramificaciones, está por debajo de la media en los sectores más opulentos del mundo y a escala interna en los países ¿Será a caso que la falta de contacto con los menos favorecidos nos nubla la vista? O en el peor de los casos ¿nos causa ceguera?
Hace poco leí un artículo acerca del hambre en América Latina, me llamaron la atención un par de líneas que califican a toda América (NO SOLAMENTE AMÉRICA DEL NORTE) como una zona de riquezas.
Esa riqueza no pude verla en el vientre de Centroamérica el día de la ruta hacia la Hacienda de El Astillero en mi etapa de clanero. Aquella noche, cansados de andar, decidimos quedarnos a dormir en el pasillo de una finca abandonada a unos 15 kilómetros de nuestro destino. Mis compañeros Scouts estaban a mi lado y a la madrugada siguiente nos despertamos como a las cinco entre el ruido de camiones y los “buenos días” que se daban unos a otros los campesinos y campesinas que habían llegado de los sectores rurales aledaños para ir a cortar café. Niños, adultos y ancianos se colocaban en fila, uno tras otro para intentar llegar hasta la choza en donde se daba una tortilla de maicillo con un puñado de frijoles, en la mano, sin platos ni cubiertos, los menos afortunados solo lograban una tortilla con sal. El capataz gritaba con insultos amenazando con que quien no se apresure no se sube al camión y algunos abandonaban la fila para asegurarse unos cuantos colones (antes de la llegada del dólar estadounidense) en la jornada del día.
Me impactaron las palabras de nuestro colega, el más pequeño del grupo, que al mirar el entorno y reflexionar por unos instantes, su pecho empezó a emitir un sonido constante, pausado y fuerte al ritmo de la respiración, que casi podíamos escucharle los latidos; nos dijo que nunca había visto tanta miseria e injusticia y luego de alcanzarle la cantimplora con agua, nos enseñó una frase que después se volvió mítica en nuestro grupo, en su inocencia y frente a aquel espectáculo exclamó: “creo que esta madrugada el corazón me ha crecido tres tallas”.
Antes de marcharnos hacia el lugar de destino, hablamos un poco con don José, que llevaba los pies descalzos, una camisa de cuadros a medio abotonar y el clásico sombrero de mimbre. Con todo el optimismo del mundo e irradiando felicidad, nos comenta con su suave y esperanzadora voz, que ya tiene los problemas resueltos con el plan familiar trazado. “Hemos venido toda la familia a la corta de esta temporada, desde yo que soy el abuelo hasta mis 14 nietos y mis hijos, pero esto ya se va a acabar, estamos reuniendo entre todos para que el coyote se lleve a mi hijo mayor a Los Ángeles y desde allá nos envíe dinero o nos mande a traer y ya nos falta poco por reunir, esto ya va a acabar, solo hay que aguantarse un poco”.
Si hemos de hacer algo, si en verdad nos interesa, sin importar quiénes somos, de dónde venimos, dónde estamos y qué posición tenemos en la sociedad, hagamos aunque nos cueste, el ejercicio diario de ver a los otros como iguales hasta conseguirlo. Ese es el reto y la fórmula para construir un mundo mejor.
Con todo mi cariño, admiración y respeto, a las familias campesinas de El Salvador y del mundo entero.
Bobby
Este reto, se plantearía más alcanzable, si fuese -en verdad- del interés de toda la humanidad, pero está claro que el nivel de identificación con el desafío de erradicar estos fenómenos de desigualdad y todas sus variantes y ramificaciones, está por debajo de la media en los sectores más opulentos del mundo y a escala interna en los países ¿Será a caso que la falta de contacto con los menos favorecidos nos nubla la vista? O en el peor de los casos ¿nos causa ceguera?
Hace poco leí un artículo acerca del hambre en América Latina, me llamaron la atención un par de líneas que califican a toda América (NO SOLAMENTE AMÉRICA DEL NORTE) como una zona de riquezas.
Esa riqueza no pude verla en el vientre de Centroamérica el día de la ruta hacia la Hacienda de El Astillero en mi etapa de clanero. Aquella noche, cansados de andar, decidimos quedarnos a dormir en el pasillo de una finca abandonada a unos 15 kilómetros de nuestro destino. Mis compañeros Scouts estaban a mi lado y a la madrugada siguiente nos despertamos como a las cinco entre el ruido de camiones y los “buenos días” que se daban unos a otros los campesinos y campesinas que habían llegado de los sectores rurales aledaños para ir a cortar café. Niños, adultos y ancianos se colocaban en fila, uno tras otro para intentar llegar hasta la choza en donde se daba una tortilla de maicillo con un puñado de frijoles, en la mano, sin platos ni cubiertos, los menos afortunados solo lograban una tortilla con sal. El capataz gritaba con insultos amenazando con que quien no se apresure no se sube al camión y algunos abandonaban la fila para asegurarse unos cuantos colones (antes de la llegada del dólar estadounidense) en la jornada del día.
Me impactaron las palabras de nuestro colega, el más pequeño del grupo, que al mirar el entorno y reflexionar por unos instantes, su pecho empezó a emitir un sonido constante, pausado y fuerte al ritmo de la respiración, que casi podíamos escucharle los latidos; nos dijo que nunca había visto tanta miseria e injusticia y luego de alcanzarle la cantimplora con agua, nos enseñó una frase que después se volvió mítica en nuestro grupo, en su inocencia y frente a aquel espectáculo exclamó: “creo que esta madrugada el corazón me ha crecido tres tallas”.
Antes de marcharnos hacia el lugar de destino, hablamos un poco con don José, que llevaba los pies descalzos, una camisa de cuadros a medio abotonar y el clásico sombrero de mimbre. Con todo el optimismo del mundo e irradiando felicidad, nos comenta con su suave y esperanzadora voz, que ya tiene los problemas resueltos con el plan familiar trazado. “Hemos venido toda la familia a la corta de esta temporada, desde yo que soy el abuelo hasta mis 14 nietos y mis hijos, pero esto ya se va a acabar, estamos reuniendo entre todos para que el coyote se lleve a mi hijo mayor a Los Ángeles y desde allá nos envíe dinero o nos mande a traer y ya nos falta poco por reunir, esto ya va a acabar, solo hay que aguantarse un poco”.Si hemos de hacer algo, si en verdad nos interesa, sin importar quiénes somos, de dónde venimos, dónde estamos y qué posición tenemos en la sociedad, hagamos aunque nos cueste, el ejercicio diario de ver a los otros como iguales hasta conseguirlo. Ese es el reto y la fórmula para construir un mundo mejor.
Con todo mi cariño, admiración y respeto, a las familias campesinas de El Salvador y del mundo entero.
Bobby
¡Tú y Yo somos
de la misma sangre!… es un proyecto Scout que pretende el desarrollo
de actividades conjuntas con colectivos de inmigrantes a fin de contribuir a la
integración social de éstos y la educación intercultural de nuestros jóvenes.
¡Tú y Yo somos de la misma
sangre!… se desarrolla dentro del marco del programa IMPLICA2
propuesto por la Red de Trabajo de Educación para la Igualdad de Oportunidades y
la Integración Social, del Servicio Federal de Programas de ASDE-Federación de
Asociaciones de Scouts de España.








