Alpes franceses. Glaciares que resisten como pueden los envites del cambio climático, bosques que se empiezan a engalanar para el otoño y nieves recientes y blandas que a partir de los 4000 metros nunca son las primeras ni las ultimas sino las que van cayendo en su devenir geológico, más allá del tiempo fugaz que habitamos los hombres.
Están lejos aunque la distancia se disipa porque las altas montañas son como algunas camadas de hermanos: se parecen aunque se diferencien en las edades, los tamaños, los sexos, las voces. Pero la técnica, el oficio, la experiencia y la forma física necesaria son familiares. Luego está el asunto eterno de la belleza. Aquí se resuelve su presunta subjetividad: no hay debate, son rotunda e indiscutiblemente hermosas y todo depende de saber apreciarla y no de su existencia: aquí se dan todas las facilidades para el asombro, la maravilla, la sensación permanente de asistir a algo fabuloso e incomparable.
Son muchos ya los viajes y las rutas. Muchas las huellas dejadas, las botas vapuleadas, los recuerdos y las cosas perdidas. Ha predominado lo bueno y las malas experiencias quedan en algún lugar de la memoria encerradas bajo polvo. Todo empezó hace muchos años cuando uno ni siquiera sabía nada de sí mismo y mucho menos esto. Un Grupo Scout, chicos saliendo al campo, que andan y con cada metro ganado van dejando atrás sus timideces infantiles, haciendo marchas quejumbrosos y decorados con una pañoleta, doliéndose de esos pies en transición que no paran de crecer, agrandando las puntas de las botas con la presión de sus dedos hacia delante, durmiendo poco y mal, atusándose los flequillos al despertar con polvillo de nevero. Con apetito pero sin hambre. Caminando detrás de los veteranos sin saber muy bien el destino ni atreviéndose a preguntarlo. Hasta que un día, sin esperarlo, uno descubre dentro de sí a sí mismo y siente y se identifica con ese hallazgo, le explica muchas cosas, y le invade el amor por esas rutas, los desafíos, las montañas y las cascadas, el esfuerzo físico y el vaho reparador calentando los nudillos y las puntas de los dedos, siguiendo casi al pie la letra de antiguas canciones scouts vigorizantes y animosas. Y ese amor ya nunca se apaga.
Luego toca transmitirlo, la ardua tarea de comunicar e intentar sembrar un sentimiento que no tiene un por qué claro, una utilidad directa y pragmática, una devoción más potente que las razones programáticas del escultismo que nos llevan a fomentar la "aventura", el respeto y el conocimiento de la naturaleza y el desarrollo y fortalecimiento físico. No es fácil pero se consigue.
Cada paso, ahora, en los Alpes, es un recuerdo scout hilvanado con el hilo del pasado y la entretela del presente. Trazando senderos casi en soledad y con largos ratos de silencio dedicados simplemente a existir ante tanta belleza, mientras se aplica la retentiva topográfica, uno se ve seguido de hileras de scouts, de un Grupo que lleva el nombre del mítico "cuerno" de los Alpes y se exige estar a su altura, imaginarias caravanas de chavales que forman parte de todo esto aunque ahora, seguramente como nos sucedió a nosotros, sin saberlo. Viajar con pañoleta, subir a las cimas, enseñarla y verla volar. Hacer escultismo en toda su dimensión educativa y social, es decir, hacerlo siempre, cada día, en actividades organizadas o personales, en nuestros trabajos, hogares, actitudes.
Así se llega a las cimas y refugios: un trago de agua helada, una chaquetilla y el reposo dedicado a colgar la pañoleta para que se sepa que los scouts suben montañas y luego tienen tiempo de sonreír, gozar y echarle buen humor y que son solo las avanzadillas de los muchos que en Grupo o en solitario patearán cimas "dale que te pego" en todas las cordilleras del mundo. Cosas de scouts, mantenemos los caminos. Y somos el 217 Matterhorn
Seguimos Acampando,
Seguimos Avanzando...

Quique / Zorro
Scouter
Grupo Scout 217 Matterhorn